domingo, 9 de octubre de 2022

EJERCICIO 1. EL PUNTO DE VISTA DEL ASESINO: RELATO DE UN CRIMINAL – ANTONIO GALLOSO (1955 PALABRAS)

TRAS UN DESLIZ

Por Antonio Galloso

 

En aquella época, siempre me pareció curioso el mero hecho de liarse un cigarro. Era algo, en apariencia, sencillo: papel, boquilla y tabaco. Tres pasos y ya lo tenías: un instrumento para matarte a ti mismo que incrementaba exponencialmente tu popularidad en el instituto tan solo con verte dar una calada.  Claro que no estaba permitido a los adolescentes, pero… ¿acaso no era esa prohibición la causa de la fama?

       La realidad es que, por represalias de mi severa madre —o simplemente por miedo—, no me había permitido hacer nada que no fuera inadecuado para mis catorce años de edad. Nunca probé el tabaco ni llegué a tomar drogas. Puede ser que, por esa razón —o quizás por mi ancha fisonomía moteada de pecas y coronada por una mata pelirroja— se mofaran de mí día tras día entre los pasillos del instituto.

    Nunca tuve ningún amigo de mi edad por esas fechas. Todos cuantos se cruzaban conmigo me dedicaban una mirada de recelo, desdén y animadversión, como si no tuviese derecho a existir. Y la verdad, lo hubiera preferido; porque tan solo una persona se percataba de mi presencia. Lamentablemente, solo era para hacerme daño.

    Su nombre era Arturo, nombre de «líder» como era entre sus compañeros y demás alumnos y alumnas del centro; pero todos lo llamaban por su apellido: «Luque». Era impulsivo, de una maldad latente que se reflejaba en sus fríos ojos azules. Cuan alto era, su sombra se cernía sobre ti, te intimidaba y te acosaba mucho antes que su figura de enormes manos que se cerraban en puños para agredirte sin piedad.

 

    No me miréis así. No creáis ni por un momento que era la única víctima de sus ataques: entre toda la carnaza, yo solo era una presa más fácil que el resto. Puedo responderos y contaros cualquier cosa, menos por qué un joven de cuarto de la E.S.O., aunque repetidor en más de una ocasión, la había tomado con un chico tímido y apocado como yo tres años más joven, con quien no compartía aula alguna ni círculo social (en el que caso de lo que hubiese tenido).

    Una nueva jornada marcaba la reanudación de un miedo que me alentaba a rezar para lograr volver a casa con mis dientes intactos, mi cuerpo sin magulladuras y mi mente en paz sin un mínimo resquicio de haberse sentido torturada. Pero, por supuesto, de nada valen las plegarias. Por ese motivo, estando un día con quien «podría» haber considerado mi único amigo, Ezequiel, alias «Zeky», decidí que si mis padres no se preocupaban de su hijo por sus complicadas vidas laborales y el propio centro se desentendía, tenía que tomar cartas en el asunto.

    No me quedaba más remedio que matarlo.

 

    Desde el primer instante, me rehusé de usar armas de fuego (que no estaban de por sí a mi alcance), ni, desde luego, armas blancas. Si algo había hecho en mi vida para cubrir todo un vacío insondable que se expandía desde mi cabeza hasta el corazón era refugiarme en la lectura. Por fortuna, me había empapado de muchas tramas propias del relato policíaco desde hacía un año, de manera que estaba al tanto de lo rápido que podía registrarse y localizarse la ubicación en la que se compraba una pistola o la facilidad con la que se detectaba las huellas del asesino al usar el arma del crimen. Sin duda, si debía matarlo, el asesinato tenía que parecer un accidente que no me inculpara de ninguna forma posible.

        —¡Qué de cosas guardas aquí, Zeky! —le dije en una ocasión en la que, creyendo que podía tomarme esas confianzas, abrí los cajones de su escritorio con intención de buscar el mando de la videoconsola. En cambio, hallé grandes cantidades de bolsas de plástico que contenían infinidad de extrañas pastillas. Como un acto reflejo, Zeky se apresuró y cerró el cajón con estrépito, nervioso. Acto seguido, me miró malhumorado.

    —¡Mario! ¿Qué demonios haces rebuscando entre mis cosas? —me reprobó.

      —Solo quería jugar a la consola, como siempre. No pretendía…

          —Mario, no tengo catorce años como tú, sino veintidós —me aclaró—. La gente de mi edad puede guardar cosas que los renacuajos como tú no están preparados para conocer siquiera.

    —Mi padre es médico. He visto ya con mis «catorce» pastillas de todo tipo, más que cualquiera, entre las gavetas y los estantes de su consulta. —Por un momento, quedé reflexivo y dirigí mi mirada, de nuevo, al cajón—. ¿De qué son esas pastillas?

    —Son… para mi madre —recuerdo que me lo confesó con un hilo de voz—: padece de ansiedad e insomnio. No tiene otra que empastillarse hasta la médula. Ya sabes —añadió—: cuanto más crecemos, más jodidos vamos acabando.

           

De pronto, en un momento de lucidez, lo vi claro: pastillas. Si, de algún modo, encontraba la manera de drogarlo con alguna pastilla corriente, la forma de matarlo después podría aparentar ser un accidente sin ningún tipo de problema. Lo cierto era que podría haber estudiado y buscado información sobre comprimidos y medicamentos que obtuvieran tal efecto deseado durante los días venideros; sin embargo, la solución era sencilla: mi abuela.

     En ese año, su marido —mi abuelo—, había fallecido apenas dos meses atrás. Por ese motivo, mi abuela se mostraba intranquila, depresiva y sin apenas posibilidad de conciliar el sueño. Por ello, junto a sus otras pastillas ordinarias —ya sabéis, achaques de la edad—, le recomendaron durante un tiempo Rohypnol: un tranquilizante fortísimo que incluso en Estados Unidos había sido prohibidos por efectos similares al LSD, siendo diez veces más potente que el Valium.

       Fue tan sencillo, varias semanas después, como cambiar tres de dicho psicotrópicos del pastillero por tres cápsulas que conseguí birlarle a Zeky en un descuido. Fue realmente complicado, dado que, desde el incidente del cajón, jamás pude volver a entrar en su dormitorio a solas. ¡Qué coño! Nunca había gozado de tal libertad de todos modos.

           

    Transcurrieron varias jornadas más antes del golpe definitivo, en el que invertí el tiempo en allanar el terreno, observar e investigar los movimientos de mi presa en pos de ejecutar mi plan a la perfección. Ya sabéis, lugar idóneo para el crimen, etcétera. Y a partir de esto, averigüé —cómo no— que, aparte de fumar y drogarse cuanto quería a escondidas durante los recreos, fuera del instituto recrudecía su actividad bebiendo alcohol como si fuese agua. Entretanto, solía dejar sus cosas en un rincón cuando se reunía con sus colegas en las inmediaciones de la ciudad, en un campo yermo cerca de un barranco. Imaginaos lo que podría haber pasado si se hubiera bebido un litro de cerveza mezclado con tres cápsulas de Rohypnol en polvo: desde una sobredosis que le indujera a la muerte hasta un desafortunado resbalón por el barranco en sí. Qué puta maravilla hubiera sido eso…

 

        Por desgracia, el día en el que fui a contaminar su bebida particular en su lugar de reunión, pese a que lo llevé a cabo al instante magistralmente y sin ser visto —Luque estaba solo, como siempre, minutos antes de que llegaran sus colegas—, tuve que esconderme entre las piedras de alrededor, agazapado, en lugar de volver sobre mis pasos, cuando un coche viejo y obsoleto se acercó hasta allí por el sendero de arena que conectaba con el núcleo urbano. En un principio me pareció familiar, pero afirmé mis sospechas cuando bajó el conductor: Zeky. Este último y Luque se fundieron en un amistoso abrazo y, de inmediato, comenzaron a hacer negocios con estupefacientes.

    Si os soy sincero, como os había confesado, siempre había planeado el asesinato para que pareciese un accidente; o, en su defecto, y muy a pesar —pese a todo no me considero mala persona, hay que joderse—, que se culpara a su camello si alguien debía salir escaldado. Lo que desconocía era que su vendedor y traficante personal era la única persona con la que yo compartía mi tiempo. La persona de la que estaba enamorado.

 

     La vida siempre nos da las peores sorpresas, ¿no os parece? Al final todo se torció; y lo que yo consideraba el crimen perfecto —era sumamente estúpido en aquella época, de verdad— se convirtió en una carrera contrarreloj por deshacerme de la botella de cerveza. Lástima que Luque me pillara en el intento. Sin posibilidad de que mis palabras pudieran emanar de mis labios, recibí una paliza que me dejó ensangrentado e inconsciente. Zeky, por supuesto, lo vio todo; y yo, desde luego, supliqué su ayuda. Él, en cambio, solo observó la agresión, impertérrito, junto a una manada de amigos de Luque que llegaron justo a tiempo para corear y grabar el espectáculo.

    Esa tarde caí en la cuenta de que la única persona en quien confiaba me traicionó y de que, en este mísero mundo, nadie me querría jamás: nunca estaría a salvo. Por no hablar de mi abuela, quien murió de una sobredosis debido al intercambio de sus pastillas por a saber qué drogas. Se acabó considerando un suicidio… hasta ahora, claro. Jodida abuela, murió viendo putas lucecitas.

  Así, de luto, el tiempo desgranó las semanas siguientes. Y, por si me lo preguntáis, no. No me quedé quieto. Porque era Luque… o yo.

           

    Tomando la firma falsificada de un padre que era más títere que figura paterna, obtuve un cianuro con el que poder quitarme la vida al tiempo que desobedecía a mi madre y mis propios límites. Con maestría y rapidez inusuales, me lie un cigarro con el cianuro para morir asfixiado, calada tras calada. Quería ser un puto rebelde de una puta vez. Elegí como lugar de mi muerte los desaseados baños del instituto. No me había despedido de nadie, y ni falta que me hacía.

    —Pero mira a quién tenemos aquí. Si es mi putita favorita. —Apareció Luque de sorpresa. Ni para matarme a gusto me dejaría en paz—. ¿Qué? ¿Te has cansado ya de espiarme y de intentar robarme? Porque he notado que como te encanta que te rompa la cara a hostias día sí y día también, había pensado además en hacer yo lo mismo contigo, persiguiéndote por todos lados. Y cada vez que te dieras cuenta de mi presencia, ¡pumba! Reventarte la boca una vez, y otra, y otra… —No sé si fueron esas las palabras exactas, pero me amenazó con su jeta pegada a mis narices, invadiendo mi espacio vital. Contuve el aliento. Acto seguido, advirtió el cigarro entre mis dedos—. Bueno, bueno —dijo con sorna—, pero si mi mosquita muerta se quiere hacer un hombre. ¿Pues sabes qué? Ni eso te voy a permitir. Te vas a volver un hombre solo comiendo los huevos a cuatro tiempos, mamonazo.

 

    Y así fue como, tras su amenaza, Luque me arrebató el cigarro, lo encendió y empezó a darle caladas al tiempo que me reventaba a puntapiés, yo acorralado en un rincón junto a un inodoro, inmóvil y como de trapo, sintiendo cada patada como un dolor placentero que me podría llevar a la muerte. Horas después, el muy cabrón murió y yo fue declarado inocente, supongo, ¡yo qué mierdas sé!… hasta hoy.

    Desde ese preciso instante, como ya os aclaré, no volví a hacer amago de probar el tabaco, drogas ni nada de esas mierdas. Tan solo me ahogué en alcohol: mi única amiga. Pero, por otro lado, sí que me di cuenta de que matar no era tan complicado; que el azar no debía tener cabida en un crimen. Que cuanto más simple era el rompecabezas, más difícil era resolverlo y más fácil para mí disimular mis intenciones…

    … Por eso estamos aquí, agentes. Por eso, por el mundo que nunca me quiso, sigo matando. Y me encanta.

4 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Creo que, al no haber hecho el ejercicio bien, he querido desplegar toda la maldad de mi yo psicópata de otra dimensión en este multiverso.

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